Ad æternum, El jardín de las delicias ha permanecido y permanecerá en la mente del vulgo como un tríptico absurdo y disparatado, sin ningún sentido, una de esas imágenes que están ahí, a disposición pública, y de las que nadie o prácticamente unos pocos apenas se acuerdan.

No es, nuestra intención, desde luego, culpar de esto a nadie en concreto, pues como es de sentido común, Decipi non censetur qui scit se decipi, así que pasaremos a exponer, a continuación, algunos datos interesantes sobre la simbología que, grosso modo, podemos apreciar en esta obra.

Queda in dubio en primer lugar, el objetivo que el autor (Hieronymus Bosch, más conocido como El Bosco) tenía al presentar esta obra. Sin embargo hay una creencia común de que se trata de una obra moralizante, que hunde sus raíces simbólicas en los pecados que perforan la voluntad del ser humano y hacen que éste anteponga los intereses materialistas, espúreos y hedonistas a la eirne y la areté.

Por ejemplo, en la Tabla Izquierda, que expone la Creaciòn, podemos encontrar una fuente. Tradicionalmente, la fuente simboliza en las pinturas de este tipo la Vida, pero en esta ocasión, no es difícil comprobar que expresa algo muy diferente; la vida en pecado. Esto se comprueba al observar que dicha fuente se encuentra junto al Árbol de la Ciencia.

Hay también un elefante sobre el que está montado un mono. En esta ocasión, el mono simboliza la lujuria, que cabalga sobre la inocencia.

Pasando a la Tabla Central, que representa El Mundo, podemos observar que El Bosco criticaba a hombres y mujeres por igual, ya que ambos se encontraban sumergidos en placeres efímeros y en la ociosidad, podemos observar muchos tipos de frutas, que en esta ocasión representan el placer sexual a corto plazo, y también vemos ratones; representan la envidia.

Para finalizar, nos encontramos con otra Tabla, esta vez representado el Infierno. Aquí Hieronymus quería mostrar que, tras una vida espúrea, materialista y ociosa, la eternidad entregaría a los seres de ese tipo un sufrimiento eterno.

Creemos, que por tanto, la obra de El jardín de las delicias, expone una visión mística y regida según los cánones judeocatólicos de la vida en este mundo, tal vez por ello el rey Felipe II de España decidió adquirir esta obra.

Más allá de las creencias religiosas personales de cada uno, lo cierto es que El Bosco jamás habría podido desarrollar una obra de este tipo si, en lugar de dedicar gran parte de su vida al estudio de su tiempo, se hubiera dedicado a naufragar de taberna en taberna, buscando quién sabe qué sustancia y sucumbiendo a los placeres a los que hace referencia en El jardín de las delicias.

"La vida examinada es la única que merece ser vivida" Sócrates